VICTORIA AMENÁBAR

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Al terminar nuestra función en Sala Tarambana, en Madrid, el público comenzó a aplaudir a nuestros actores. En ese instante sentí cómo se me hacía un nudo en la garganta de emoción. No por mí; era por ellos.

Los aplausos seguían creciendo, llenando la sala como una ola cálida, y ellos los recibían con una felicidad tan pura que parecía que llevaban mucho tiempo esperando aquel abrazo hecho de palmas. Porque, al fin y al cabo, ¿a quién no le gusta sentirse querido?

Fueron saliendo uno a uno para agradecer al público. Y cuando llegó el turno de Atoín, hizo una reverencia con una sonrisa luminosa. Luego otra. Y otra más. Y otra. Como si quisiera guardar cada aplauso en el corazón antes de que se escapara.

Fue un instante sencillo, de esos que apenas duran unos minutos y, sin embargo, permanecen para siempre. Una pequeña escena que me recuerda por qué hago lo que hago.

Nunca olvidaré aquel aplauso. No por su intensidad, sino por todo lo que decía sin palabras. Porque durante unos momentos, sobre aquel escenario, todos sentimos que algo hermoso había ocurrido. 




 

Ejercicio de Máscara Neutra en Teatro Cincómonos, por Cecilia Achille, Barcelona

 


 Antes de la función haciendo nuestro mierda mierda:







Llegué desde Barcelona

con una mezcla extraña

de calma y expectativa

como quien sabe

que algo importante está por comenzar

aunque todavía no tenga nombre.


Nuria vino a buscarme al hotel,

madre de Paula,

como si ya supiera

que los comienzos necesitan manos suaves.


El ensayo ocurría

en la casa de la madre de Nuria,

abuela de Paula,

una casa que parecía guardar

el eco de muchas conversaciones.


No estaba nerviosa,

o al menos no de esa manera incómoda.

Más bien me sentía atenta,

abierta.

Confiando en esa brújula interna

que aparece cuando conozco a alguien

y me susurra, despacio,

quién trae ternura consigo.


Siempre me he pensado amable,

muy cariñosa también,

y Jaime —de los primeros en llegar—

pareció entenderlo enseguida.


Se acercó y me abrazó

durante un largo rato,

como si ya nos conociéramos de antes.

Después pidió mi número

para mandarnos mensajes por Whatsapp.

Su madre es Carmen. 


Marcos estaba ahí también.

Al principio no hubo abrazos,

pero sí esa facilidad instantánea

de caer bien sin esfuerzo.

Venía acompañado de su hermana.


Poco a poco llegaron las demás madres

junto a sus hijos,

y la casa comenzó a llenarse

de conversaciones superpuestas,

risas,

movimientos,

vidas entrando en escena.


Entonces apareció Héctor,

actor sonriente,

de esos que siempre tienen una opinión interesante

sobre cualquier cosa.

Lo admiré de inmediato.

Hay personas que miran el mundo

desde un lugar al que uno quisiera asomarse.


Mientras tanto, MariCarmen terminaba de descargar el auto,

siempre enterada de todo:

producción, escenografía,

los detalles invisibles

que sostienen una obra entera.

Otra admiración silenciosa

para guardar conmigo.


¿Y Teté?

Teté era puro carácter.

Un personaje resuelto,

luminoso,

con un carisma capaz de llenar cualquier habitación

sin pedir permiso.


Más tarde vi a lo lejos a Atoín.

Se acercó, me saludó

y me dijo algo al oído

que jamás os podré revelar.

Después salió a su encuentro Jaime,

enamoradísimo

de su nariz respingada.


Y entonces llegó Manu,

bajándose de un auto

como alguien esperado de verdad.

Querido por todos.

Con humor rápido

y una presencia imposible de ignorar.

Nos saludamos con un abrazo,

y el resto de nuestras conversaciones ya pertenecen

al resto de esta historia.


Lo importante

es que al final Marcos y yo

sí nos dimos un abrazo.


Y Paula me contó

que había tomado dos buses desde la universidad

para llegar hasta allí.


Y así empezó todo:

un primer día cualquiera

que terminó pareciéndose

al inicio de algo importante.


Tal vez por eso recuerdo ese día:

por la sensación profunda

de haber llegado exactamente

al lugar correcto.











Ale es el técnico de ACTU, nuestra compañía de teatro inclusivo. Lo hace de maravilla y es muy comprometido.

Un día estábamos en ensayo y él se tenía que ir más temprano, por lo tanto me explicó brevemente lo que tenía que hacer para poder reemplazarlo. Me pasó la música por un pendrive. 

Al recibir la música, y como soy DJ además de actriz, la instalé desde mi programa de mezcla.

Empecé a ecualizar los volúmenes y a precisar las entradas y salidas de los diferentes audios que tiene la obra.

Ale estaba sentado al lado mío.

Observó por unos 10 minutos, hasta que me preguntó: ¿Qué es esto?

Rápidamente lo entusiasmé a que aprendiera lo básico para poder manejar la controladora. En los próximos otros 10 minutos ya teníamos descargado el programa en su computador.

- Con esto se te hará mucho más fácil -, le dije. Noté mucha ilusión en él. Y así comenzó su auto descubrimiento en este nuevo mundo.

La última vez que nos vimos hizo todo el ensayo profesionalizando muchísimo su labor.

Tenemos un nuevo DJ en el mundo, y un excelente técnico en nuestra obra.



Nos conocimos en Marzo de 1999. Colegio Monjas Francesas, Santiago de Chile.


Nos sentaron juntas. Ambas todavía tímidas. Ella me parecía muy simpática y me gustaba su carácter. Siempre hablaba muy rápido entonces yo le pedía que me repitiera para no perderme nada de su histriónica manera de contar las cosas.

Al cabo de unos días, se me acerca la tía Rosita y me explica que quizás a mi amiga Trini le iba a ser un poco más difícil aprender a leer y escribir. Que yo la podía ayudar. Yo simplemente la miraba. Me explicó que ella no tenía los mismos tiempos que yo para aprender nuevas cosas en general pero que eso no medía su inteligencia. Yo no sé si le entendí. Eso de los tiempos y las medidas nunca han sido lo mío. La Trini estaba al lado y me miraba. Le asentí a la profesora y terminó la conversación. Nos miramos entre nosotras un poco confundidas y ella me siguió mostrando las láminas del álbum de Mekano.

Actualmente, ella viviendo en Santiago de Chile y yo en Barcelona, nuestras videollamadas espontáneas son siempre llenas de anécdotas y actualizaciones, sobre todo en el aspecto romántico. 

Me cuenta que va a su taller de cocina pero que se aburre de hacer siempre lo mismo, que ahora toma la micro sola y que a ella le gustaría tener una piscina.

Este verano viajé a Chile y nos bañamos con la manguera. Después comimos helado pero ella reclamaba que hubiese preferido una sangría.


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Victoria Amenábar

Victoria Amenábar
Actriz chilena

ABOUT

María Victoria Amenábar es una actriz y directora que entiende la interpretación como un puente entre el arte y la inclusión social. Su trabajo se caracteriza por una mirada sensible hacia la diversidad, la accesibilidad y la representación, integrando estos valores tanto en escena como en sus proyectos creativos. Con experiencia en teatro, cine, webseries y publicidad, ha participado en producciones como Sueño de una noche de verano, donde interpretó a Titania en un papel protagónico, además de dirigir la obra Paraísa y colaborar en iniciativas de teatro inclusivo en España. Su formación internacional en artes escénicas —entre Argentina, Chile y España— refleja una búsqueda artística constante y multidisciplinaria. Victoria combina sensibilidad escénica, compromiso social y versatilidad interpretativa, consolidándose como una artista con una voz auténtica y contemporánea.

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