Llegué desde Barcelona
con una mezcla extraña
de calma y expectativa
como quien sabe
que algo importante está por comenzar
aunque todavía no tenga nombre.
Nuria vino a buscarme al hotel,
madre de Paula,
como si ya supiera
que los comienzos necesitan manos suaves.
El ensayo ocurría
en la casa de la madre de Nuria,
abuela de Paula,
una casa que parecía guardar
el eco de muchas conversaciones.
No estaba nerviosa,
o al menos no de esa manera incómoda.
Más bien me sentía atenta,
abierta.
Confiando en esa brújula interna
que aparece cuando conozco a alguien
y me susurra, despacio,
quién trae ternura consigo.
Siempre me he pensado amable,
muy cariñosa también,
y Jaime —de los primeros en llegar—
pareció entenderlo enseguida.
Se acercó y me abrazó
durante un largo rato,
como si ya nos conociéramos de antes.
Después pidió mi número
para mandarnos mensajes por Whatsapp.
Su madre es Carmen.
Marcos estaba ahí también.
Al principio no hubo abrazos,
pero sí esa facilidad instantánea
de caer bien sin esfuerzo.
Venía acompañado de su hermana.
Poco a poco llegaron las demás madres
junto a sus hijos,
y la casa comenzó a llenarse
de conversaciones superpuestas,
risas,
movimientos,
vidas entrando en escena.
Entonces apareció Héctor,
actor sonriente,
de esos que siempre tienen una opinión interesante
sobre cualquier cosa.
Lo admiré de inmediato.
Hay personas que miran el mundo
desde un lugar al que uno quisiera asomarse.
Mientras tanto, MariCarmen terminaba de descargar el auto,
siempre enterada de todo:
producción, escenografía,
los detalles invisibles
que sostienen una obra entera.
Otra admiración silenciosa
para guardar conmigo.
¿Y Teté?
Teté era puro carácter.
Un personaje resuelto,
luminoso,
con un carisma capaz de llenar cualquier habitación
sin pedir permiso.
Más tarde vi a lo lejos a Atoín.
Se acercó, me saludó
y me dijo algo al oído
que jamás os podré revelar.
Después salió a su encuentro Jaime,
enamoradísimo
de su nariz respingada.
Y entonces llegó Manu,
bajándose de un auto
como alguien esperado de verdad.
Querido por todos.
Con humor rápido
y una presencia imposible de ignorar.
Nos saludamos con un abrazo,
y el resto de nuestras conversaciones ya pertenecen
al resto de esta historia.
Lo importante
es que al final Marcos y yo
sí nos dimos un abrazo.
Y Paula me contó
que había tomado dos buses desde la universidad
para llegar hasta allí.
Y así empezó todo:
un primer día cualquiera
que terminó pareciéndose
al inicio de algo importante.
Tal vez por eso recuerdo ese día:
por la sensación profunda
de haber llegado exactamente
al lugar correcto.