Al terminar nuestra función en Sala Tarambana, en Madrid, el público comenzó a aplaudir a nuestros actores. En ese instante sentí cómo se me hacía un nudo en la garganta de emoción. No por mí; era por ellos.
Los aplausos seguían creciendo, llenando la sala como una ola cálida, y ellos los recibían con una felicidad tan pura que parecía que llevaban mucho tiempo esperando aquel abrazo hecho de palmas. Porque, al fin y al cabo, ¿a quién no le gusta sentirse querido?
Fueron saliendo uno a uno para agradecer al público. Y cuando llegó el turno de Atoín, hizo una reverencia con una sonrisa luminosa. Luego otra. Y otra más. Y otra. Como si quisiera guardar cada aplauso en el corazón antes de que se escapara.
Fue un instante sencillo, de esos que apenas duran unos minutos y, sin embargo, permanecen para siempre. Una pequeña escena que me recuerda por qué hago lo que hago.
Nunca olvidaré aquel aplauso. No por su intensidad, sino por todo lo que decía sin palabras. Porque durante unos momentos, sobre aquel escenario, todos sentimos que algo hermoso había ocurrido.