La función realizada en el Patio de Armas del Castillo de Cuéllar estuvo profundamente atravesada por el principio del aquí y ahora. Las condiciones climáticas, especialmente el fuerte viento, representaron un desafío constante que afectó tanto a la escenografía como al desarrollo técnico de la obra. Sin embargo, lejos de convertirse en un obstáculo insalvable, estas dificultades fueron integradas por el elenco y el equipo técnico de manera creativa y efectiva, permitiendo que la representación se sostuviera con solidez.
A nivel actoral, se destacó el equilibrio en la ocupación del espacio escénico, la escucha permanente entre los intérpretes y el apoyo mutuo durante toda la función. Esto permitió que la obra avanzara con fluidez a pesar de los imprevistos. Asimismo, los actores lograron sostener con precisión los momentos de quietud, manteniendo la presencia escénica, la postura corporal y el foco de la mirada hacia los compañeros que estaban actuando, fortaleciendo la composición colectiva de cada escena.
Uno de los aspectos más significativos fue la capacidad de adaptar las acciones escénicas en función del aquí y ahora. Un ejemplo de ello ocurrió en una escena en la que debían arrojar unos papeles a otro personaje. Debido al viento, los papeles se volaban constantemente y la acción prevista resultaba imposible de ejecutar. En ese momento, los intérpretes transformaron la acción: en lugar de lanzar los papeles, uno de ellos acarició al compañero, resolviendo la situación de manera improvisada, poética y plenamente coherente con el universo de la obra. Esta decisión evidenció una gran capacidad de escucha, disponibilidad y creatividad frente a las circunstancias del momento.
Las condiciones climáticas también obligaron a realizar modificaciones en la escenografía. Los soportes originales de las máscaras no resistían el viento, por lo que fue necesario instalar unas rejas para sujetarlas de forma segura. Además, se incorporaron dos asistentes detrás de estas estructuras para sostener las máscaras en caso de que se desprendieran y otros dos asistentes debajo del escenario para recuperarlas rápidamente si caían. Estas decisiones permitieron que los actores pudieran concentrarse en su trabajo escénico sin que los inconvenientes técnicos interrumpieran el desarrollo de la función.
En cuanto a los aspectos técnicos, el uso de micrófonos resultó muy beneficioso. La amplificación funcionó correctamente, favoreciendo la proyección de las voces y fortaleciendo el trabajo dramático. Por su parte, el diseño lumínico acompañó eficazmente las distintas atmósferas de la obra mediante el uso de colores acordes a cada situación dramática. También fue destacable el manejo de los actores respecto de los focos de luz, ubicándose correctamente para potenciar la visibilidad y la expresividad de las escenas. El empleo de las luces de contra aportó un carácter épico y una fuerte teatralidad a la puesta.
Respecto a la escenografía, si bien inicialmente estaba previsto utilizar tules en movimiento, el viento hizo imposible esa propuesta. Finalmente, se decidió amarrarlos formando dos grandes rosetones, uno a cada lado del escenario. Esta solución, además de resolver el problema técnico, generó una decisión estética interesante, ya que permitió unificar visualmente el movimiento de los vestuarios con el de la escenografía, integrando el efecto del viento dentro del lenguaje visual de la puesta.
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